Hoy definirán si se reanuda o no el partido suspendido entre Boca y River

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El partido anterior tuvo un arbitraje muy cuestionable que generó malestar en la hinchada de boca. Responsabilidades compartidas por algo que nunca debió ocurrir.

 

Roger Bello, de nacionalidad boliviana, comisario deportivo de la Conmebol. Ese hombre de físico robusto y pelo oscuro fue el centro de todas las miradas durante buena parte de los 70 minutos que pasaron desde que los jugadores de River salieron con los ojos llorosos y marcas en la piel de la manga que los llevaba hasta la cancha hasta que Darío Herrera, árbitro debutante en partidos internacionales y en superclásicos, pudo decir por fin que el partido estaba suspendido.

Durante un rato largo, con un teléfono celular como prolongación de su mano izquierda, Bello fue y vino a lo ancho de la cancha. Bajó de su palco, cruzó el césped para hablar con los árbitros, fue hasta el banco de los suplentes donde se habían refugiado los jugadores de River, volvió a ir y a venir. Tanto se mezcló con los jugadores y los técnicos que terminó adoptando esa costumbre que se difundió velozmente en los últimos tiempos, la de taparse la mano con la boca mientras hablaba. “Estábamos esperando los informes, por eso tardábamos”, dijo Bello ya cerca de la una de la mañana, cuando los jugadores de ambos equipos habían logrado salir del campo después de no haber podido (¿o querido?) hacerlo durante casi dos horas y media. A esa hora, mientras las tribunas del estadio ya estaban casi vacías y los jugadores agredidos recibían una tardía atención médica, se empezaba a jugar otro partido que estaba en pleno desarrollo al cierre de esta edición: la suerte deportiva de Boca y de River en esta Copa Libertadores.

Hay un corsé que impone el calendario y que aprieta mucho más que el normativo: la semana que viene se tienen que jugar los cuartos de final de la Libertadores y Cruzeiro ya está esperando conocer cuál es su rival. Entonces las decisiones sobre la continuidad o no del partido tienen que tomarse muy rápidamente. Ayer, con los jugadores todavía en la cancha, los dirigentes de Boca decían que lo más seguro es que el partido continúe, quizás a puertas cerradas, y se esperanzaban con que el hueco que generó la suspensión de la fecha del torneo de Primera daría la posibilidad de disputar los 45 minutos restantes el sábado o domingo. “Lo va a definir la Conmebol”, dijo el dirigente José Requejo, vicepresidente del departamento de fútbol del club y muy allegado al plantel. Pero está claro que esa posición xeneize, amparada en la ansiedad de pelear la clasificación a cuartos en la cancha, tendrá que chocar con toda la argumentación contraria que previsiblemente presentará River.

Las conveniencias y las presiones tendrán que luchar contra lo que marca el reglamento disciplinario de la misma Conmebol, que podrá ser fácilmente blandido en contra de la entidad que preside Daniel Angelici. Sobran los motivos. El artículo 6 establece que las asociaciones miembro y los clubes son responsables del comportamiento de jugadores, oficiales, miembros, público asistente y aficionados. Es decir, si los desmanes los produjeron los hinchas, la responsabilidad es del club, al menos para el reglamento. El artículo 5 enumera, entre las infracciones a la conducta que pueden ser sancionadas, la de “violar las pautas mínimas de lo que se ha de considerar como un comportamiento aceptable”, “causar la interrupción o el abandono de un partido o ser su responsable directo o indirecto” y (la acepción más lapidaria) “cometer un acto de violencia o agresión”. Configurada la infracción y atribuida a uno de los clubes, el artículo 23 prevé que “cualquier equipo por cuya responsabilidad se determine el resultado de un partido, se considerará como perdedor de ese encuentro por 3-0”.

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